miércoles, 20 de junio de 2007

Panegírico a El Señor Almirante José Prudencio Padilla

Las banderas de la independencia de América requerían con urgencia de hombres como usted, que amaran la libertad y conocieran los secretos del mar. Lamentablemente su cuerpo estaba resentido por las fatigas de la guerra y por eso el Vicepresidente Santander tuvo que comunicar la imposibilidad de su viaje al Callao.
Cuando apenas era púber, dejó a su nativa Riohacha y embarcó en el San Juan Nepomuceno para irse por los siete mares y la vida lo colocó en uno de los sitios y en uno de los momentos más importantes de la historia del mundo: La batalla de Trafalgar librada el 21 de octubre de 1805. Allí vio el primer gran fuego bajo las banderas de España aliada con Francia. Y fue en esa ocasión, cuando pudo admirar la inteligencia deslumbrante del Almirante Nelson que derrotó a la escuadra coaligada. ¡Las cosas de la vida Almirante! en Trafalgar, en una nave cercana, don Pablo Morillo, el futuro reconquistador español de nuestra patria, actuaba como Capitán de una nave... y la derrota los hermanó por un tiempo cuando ambos pasaron juntos tres años en las prisiones inglesas. Sus méritos hicieron que la Corona lo nombrase como Comandante del Apostadero de Cartagena y de ahí en adelante la vida le cambió.
Cuando la heroica Cartagena proclamó su independencia, su brazo estuvo entre los fuertes. Y vino la guerra magna. Siempre fue distinguido. Todos quedaron impávidos cuando en el Golfo de Morrosquillo detuvo al gobernador de Panamá, Don Alejandro Hore y luego admiraron la valentía con la cual se portó en la defensa de Cartagena en 1815, cuando la sitiaba su antiguo compañero de prisión, Don Pablo Morillo, en aquel momento convertido en el generalísimo de las fuerzas de la reconquista. Su valor le dio para resistir el sitio y para burlar el cerco. Aguantó el exilio en Margarita y volvió a la lucha con el gigante piar. En tierra lo hizo con tanto éxito como lo había realizado en el agua. No se arredraron los patriotas con el abandono de Ocumare y se volvieron invencibles en la Guayana; cómo no recordar que usted, señor, se volvió el guardián de las bocas del Orinoco y que ante el fusilamiento de piar, fue el salvador de la unidad étnica de la independencia.
Vencedor Bolívar en Boyacá y en Carabobo, su genio y el del organizador de la victoria, Francisco de Paula Santander, sabían que la amenaza naval en el Atlántico tenía que ser despejada. Por eso le encomendaron la flotilla. Ahí comenzó su camino hacia la gloria. Primero libera su ciudad natal y después de Riohacha, toma a Santa Marta y todavía le alcanza para estrechar el cerco de Cartagena para que, en acción combinada con Córdova, Maza, Montilla y Lara reduzcan a Cartagena y cambien el rumbo del viento de la guerra.
¡Que inteligente fue su estrategia Almirante! Usted se dio cuenta de que la flota de Laborde, en mar abierto lo aplastaría; entonces decidió navegar hacia el interior del golfo, en donde las condiciones le serían favorables. Pero para lograrlo tenía que forzar la barra y aquello era muy difícil. Las crónicas contaban que el último que lo había logrado era nada menos que el pirata inglés Henry Morgan en 1669. Pero no contaban con su liderazgo señor. Bajo el fuego cruzado de los fuertes de San Fernando y Zapara, usted y sus hombres cruzaron el obstáculo y con celeridad empezaron a golpear acá y allá hasta que lograron, el 24 de julio de 1823 a las dos de la tarde, una de las más bellas victorias de la guerra magna y la primera, en todos los sentidos, de la historia naval de la misma. Cuanta admiración logró usted entre sus compañeros de armas. El mismísimo José Antonio Páez, el León de Apure, el futuro organizador de Venezuela quiso que sus naves surcaran las aguas de ese país para quitarle de encima la pesadilla de saber a Puertocabello en manos españolas. Bello regalo de cumpleaños para Bolívar el que usted le envió señor Almirante! Con el Caribe tranquilo, Santander se aplicó a robustecerlo de hombres, dineros y vituallas; los peruanos abrieron sus brazos y el hombre de las dificultades pudo desembarcar en el Callao, el 1o. de septiembre de 1823. De ahí en adelante la historia es conocida.
Pero, Almirante, también podrá usted recordar sus amores. Creo no faltarle al respeto, si al lado de doña Pabla Pérez, su esposa, les cuento a estas amigas y a estos amigos sobre la existencia de aquellos otros dos grandes romances: el de Anita Romero, la de las níveas carnes y el de la zamba jarocha, que se convirtió en parte del problema con el general montilla... entre otras cosas Señor Almirante, también usted gozó de curiosidad, admiración y respeto cuando estuvo en Bogotá y dicen que la herida de combate que surcó su rostro como consecuencia de un sablazo durante un abordaje en 1818, en vez de alejar, atraía; ¡como si fuese un talismán guerrero!.
Bueno almirante, entremos en el último y el más delicado de los temas: Aquello acontecido cuando usted intervino en la política. A lo largo de su existencia fue usted amigo de Bolívar y de Santander. Pero la verdad es que la relación con Montilla, desde 1815, siempre fue difícil. La Gran Colombia, el formidable experimento de organización política, se tambaleó apenas terminaron de secarse las coronas de laureles que siguieron a la Batalla de Ayacucho. Bolívar deseaba la constitución boliviana; Santander creía en la constitución de Cúcuta aún vigente; vino la ruptura trágica. Usted quedó en difícil situación; buscó el acuerdo, actuó de buena fe, pero las pasiones estaban desatadas y usted era, para muchos, el segundo hombre de la nueva granada; además era senador y el gran almirante... Señor, perdóneme; creo que los abatares de la política no fueron su fuerte; usted que ponía el pecho a las olas y a los cañones, que lucía la herida sacrosanta!, usted creyó en algunos en los cuales no debía confiar y terminó señalado como enemigo de Bolívar. Montilla lo trató de manera infame y preso subió por el Magdalena hasta la fría capital y allí fue a dar al claustro de San Agustín mientras se preparaba el juicio.

¡Y las cosas que pasan Almirante! En aquella noche terrible, la del 28 de septiembre de 1828 mientras usted dormía, otros, los conjurados, querían asesinar al Libertador. y fue entonces cuando se les ocurrió que usted podía ponerse al frente de las tropas y fueron a buscarlo al claustro... ¡qué desgracia! aunque el Almirante se negó, aunque no salió, aquello sirvió a los que lo malquerían para condenarlo en un juicio que es vergüenza de la ciencia procesal. ¡Ah mi Almirante! Cómo se solazaron los contradictores. Aquella procesión hacia el cadalso que para algunos superaba las de Sámano; el repique de campanas y las plegarias... pero como fue usted de valiente señor en su último momento: cuando le quitaron las charreteras, altivo y desilusionado dijo en voz alta: “esas charreteras me las dio la república, no Bolívar” y en el momento de colocar las vendas, fue su señoría sublime; lejos quedaron las telas, pues usted se puso de frente y con los ojos abiertos, sin temblar, con la gloriosa cicatriz más notoria que nunca, presenció la descarga final.
Lo que siguió oscila entre lo macabro y lo sublime. No contentos los venales, izaron los cuerpos a manera de ahorcamiento y así el cuerpo del héroe quedó ensangrentado y suspendido... y luego la naturaleza obró; era octubre, para mayor precisión el dos de octubre; en Bogotá llueve para esas épocas y aquel día se vino un aguacero de padre y señor mío; usted ya no podía verlo, pero le cuento señor que su cuerpo fue lavándose y quedó limpio mientras el suelo se llenaba de una sustancia blanca y rojiza que contrastaba con la limpieza de la figura balanceada.
Almirante: creo que fue el preludio de su restauración. Primero fue la convención constituyente de la Nueva Granada que en 1831 reivindica su nombre; luego el multitudinario acto del pueblo cartagenero que se lanza a las calles para aplaudir su nombre. Posteriormente vendrán los actos protocolarios. En 1881 se trae de Europa una estatua que será colocada en Riohacha; es entonces cuando cincuenta naves de guerra, de banderas diferentes, se turnan para rendir honores al héroe; luego sus restos mortales, en 1923, se llevan a descansar a la ciudad que lo vio nacer; en 1947 se bautiza con su nombre una fragata colombiana y en 1974, se expide la ley de honores que ordena que en uno de los muros del capitolio, en el sitio mismo donde usted cayó, se coloque la placa rehabilitadora y que uno de los salones del templo de la democracia lleve su nombre eternamente.
Pero señor, aquella Ley dispuso algo hermoso para quienes hoy lo acompañamos. Fue esa norma la que ordenó que a partir de esa fecha, la Escuela Naval, con sede en Cartagena, se denominara “Escuela Naval de Cadetes Almirante Padilla”. Su memoria estaba totalmente rehabilitada; la República lo consideraba ejemplo suficiente para que en su vida se inspiren los hombres de mar a los cuales el pueblo de Colombia les entrega sus armas para que naveguen como “Caballeros del Ancho Mar”, según reza el himno de la armada colombiana.

3 comentarios:

Tuor dijo...

uno de esos es que quiero navegar, no sabía que habías actualizado el sitio, que bacana toda esa experiencia y ahora procura engordar que te ves bien falco.
El ARC Destructor Caldas aún existe?, estoy releyendo Relato de un Náufrago.
Saludos buen viento y buena mar.

Anónimo dijo...

Estoy muy contenta por ti,siempre he sentido admiracion por la vida militar y todo lo que incluye,espero que sigas asi como vas y no desmayes nunca.Aunque no nos conocemos en mi tienes una amiga aqui en Barranquilla, cuidate mucho y si tienes tiempo escribeme.
(diarmaga@hotmail.com)

Anónimo dijo...

por favor dame tu correo para escribirte.cuidate.(diarmaga@hotmail.com)